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Horariohorario abraham téhña.
No estoy esperando nada. Sí, que llegue o llame. Espero por inercia porque están los que hacen esperar y los que se sientan, sintiéndose cortinas puestas al sol.
Me he quitado una a una las cejas con motivos, con citas y observaciones, con análisis y mímica. Con el espejo al frente y la seguridad de haber hecho algo mientras esperaba. Cambiar.
Los que esperamos nos paramos a regar las plantas, dividimos el cuerpo en costas y le damos nombres nuevos a las partes. Brazos y piernas recorridas por la crema olor vainilla y clavo. Digo si preguntan.
Sentir calor a yemas propias. No hay prestamos de manos, de uñas que compartan el olor que me rebosa. Esperamos así. Esperando con un libro de poemas y si eso cansa, está en la revista el vestido que usó la princesa al momento de llorar por el atentado terrorista. Está el libro que falta de la mesa, el de Horacio Quiroga. Marco y platico un rato con ella, al final le pido el libro y le cuento de mi espera, me habla de las suyas. Colgamos.
La televisión transmite eso de lo que te cuento, de lo que te digo que me une en las tardes a esperar mientras veo la televisión. Por el canal que retransmite lo que vimos antes. ¿No te acuerdas?
Uso resistol para arreglar el recuerdo que se cayó del baño, es de ese día de lluvia en Tabasco. Tengo tiempo, tengo precisión, exactitud. Sigo viendo qué armar. Se me ocurren cosas mientras espero: escribir, hacer una carta, poner un disco. Usar la emotividad para verme esperar, cuando llegues, cuando pases.
Vino de otra ciudad, o eso dijo. Le abrieron la puerta, dos minutos para aparecer en la sala. La cara parecía haberse tomado un tiempo libre, para irse a otra parte a fruncir y besar. Escuché como recitó algo de Apollinaire. Describía una cara francesa, de ojos azules, piel blanca y ¿boca? boca roja, claro. Tricolor, fue lo único que dije cuando preguntó si entendí el poema. Rió.
El poema. No entendí el poema y tuve la rara sensación de siempre. La que da de verse rojo. Pero nadie lo nota. Sonrojarse es tan secreto que en mi piel no pasa. No da cuenta.
Parecía con ganas de tocar el piano también. Me lo pidió con el formalismo que lo viste, que le dio un nuevo peinado y un nuevo acento, el que se robó de las películas argentinas y su mes en Buenos Aires.
Tocó lo que quiso. Preguntó si reconocía. Negué, dije que jamás fui melómano ni mucho menos, que todas mis actividades eran siempre como un aficionado de lo que fuera, de esto y de aquello, así no importaba el compromiso con las formas, con las reglas rígidas. No entendió el chiste, si lo entendió no le dio gracia. No tardé en pedirle “Farolito” Rió como siempre, con lo que reía en Argentina, con lo que lo hacía antes del peinado, de los meses. Su risa me deja ponerle nombres impronunciables.
Yo decía que ahora tocaba mejor que nunca. Que el piano era su vocación. Cuando había silencios pensaba que en cualquier caso lo fuera a decir debería tener el efecto de gancho para iniciar una conversación, y así evitar el silencio, así que debía ser algo que le interesara, que le apasionara. Aunque lo sabía absolutamente todo, no encontré otra mejor pregunta. ¿Y qué tal Buenos Aires? Habló, me hizo notar la diferencia del acento argentino con el chileno. Fingí captarlo claramente para que se callara pronto. Preguntó si ya me había contado de la odisea en su paseo express a Lima, no contesté. Pero siguió contándome su solidaridad con Vargas Llosa.
Yo me olía. En otros silencios me notaba desde afuera. Me veía tendido en la cama hablando muy cerca. Pensé que ese día era como esos días de árboles pelones, de esos días en los que se mira mucho a la ventana, al cielo. De los días de baño largo, de espera.
Me felicitó por el excelente gusto del café de Chiapas. Yo no podía esperar nada entonces. Después de la segunda taza había desaparecido la ventana, se había perdido en un cielo tan negro, que el tan es hondo exhalado. Después fue la historia del padrino. Su padrino le pagaría todo con su esfuerzo, con su promedio impecable.
Se paró de la mesa. Antes se frotó los muslos con las manos para limpiarse el sudor, para ponerse de pie e irse. Como acostumbra se despidió y al final me pidió perdón por la espera.
Me quedé dormido muy rápido y sin despertar toda la noche.
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