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    Horario

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                                                                   abraham téhña.

     

     

     

     

    No estoy esperando nada.

    Sí, que llegue o llame.

    Espero por inercia

    porque están los que hacen esperar y los que se sientan, sintiéndose cortinas puestas al sol.

     

    Me he quitado una a una las cejas con motivos, con citas y observaciones, con análisis y mímica. Con el espejo al frente y la seguridad de haber hecho algo mientras esperaba. Cambiar.

     

    Los que esperamos nos paramos a regar las plantas,  dividimos el cuerpo en costas y le damos nombres nuevos a las partes. Brazos y piernas recorridas por la crema olor vainilla y clavo. Digo si preguntan.

     

    Sentir calor a yemas propias. No hay prestamos de manos,  de uñas que compartan el olor que me rebosa. Esperamos así. Esperando

    con un libro de poemas y si eso cansa, está en la revista el vestido que usó la princesa al momento de llorar por el atentado terrorista. Está el libro que falta de la mesa, el de Horacio Quiroga. Marco y platico un rato con ella, al final le pido el libro y le cuento de mi espera, me habla de las suyas. Colgamos.

     

    La televisión transmite eso de lo que te cuento, de lo que te digo que me une en las tardes a esperar mientras veo la televisión. Por el canal que retransmite lo que vimos antes. ¿No te acuerdas?

     

    Uso resistol para arreglar el recuerdo que se cayó del baño, es de ese día de lluvia en Tabasco. Tengo tiempo, tengo precisión, exactitud. Sigo viendo qué armar. Se me ocurren cosas mientras espero: escribir, hacer una carta, poner un disco. Usar la emotividad para verme esperar, cuando llegues, cuando pases.

     

    Vino de otra ciudad, o eso dijo. Le abrieron la puerta, dos minutos para aparecer en la sala. La cara parecía haberse tomado un tiempo libre, para irse a otra parte a fruncir y besar. Escuché como recitó algo de Apollinaire. Describía una cara francesa, de ojos azules, piel blanca y ¿boca? boca roja, claro. Tricolor, fue lo único que dije cuando preguntó si entendí el poema. Rió.

     

    El poema. No entendí el poema y tuve la rara sensación de siempre. La que da de verse rojo. Pero nadie lo nota. Sonrojarse es tan secreto que en mi piel no pasa. No da cuenta.

     

    Parecía con ganas de tocar el piano también. Me lo pidió con el formalismo que lo viste, que le dio un nuevo peinado y un nuevo acento, el que se robó de las películas argentinas y su mes en Buenos Aires.

     

    Tocó lo que quiso. Preguntó si reconocía. Negué, dije que jamás fui melómano ni mucho menos, que todas mis actividades eran siempre como un aficionado de lo que fuera, de esto y de aquello, así no importaba el compromiso con las formas, con las reglas rígidas. No entendió el chiste, si lo entendió no le dio gracia.

     No tardé en pedirle “Farolito” Rió como siempre, con lo que reía en Argentina, con lo que lo hacía antes del peinado, de los meses. Su risa me deja ponerle nombres impronunciables.

     

    Yo decía que ahora tocaba mejor que nunca. Que el piano era su vocación. Cuando había silencios pensaba  que en cualquier caso lo fuera a decir debería tener el efecto de gancho para iniciar una conversación, y así evitar el  silencio, así que debía ser algo que le interesara, que le apasionara.

     Aunque lo sabía absolutamente todo, no encontré otra mejor pregunta. ¿Y qué tal Buenos Aires? Habló, me hizo notar la diferencia del acento argentino con el chileno. Fingí captarlo claramente para que se callara pronto. Preguntó si ya me había contado de la odisea en su paseo express a Lima, no contesté. Pero siguió contándome su solidaridad con Vargas Llosa.

     

    Yo me olía. En otros silencios me notaba desde afuera. Me veía tendido en la cama hablando muy cerca. Pensé que ese día era como esos días de árboles pelones, de esos días en los que se mira mucho a la ventana, al cielo. De los días de baño largo, de espera.

     

    Me felicitó por el excelente gusto del café de Chiapas. Yo no podía esperar nada entonces. Después de la segunda taza había desaparecido la ventana, se había perdido en un cielo tan negro, que el tan es hondo exhalado. Después fue la historia del padrino. Su padrino le pagaría todo con su esfuerzo, con su promedio impecable.

     

    Se paró de la mesa. Antes se frotó los muslos con las manos para limpiarse el sudor, para ponerse de pie e irse. Como acostumbra se despidió y al final me pidió perdón por la espera.

     

    Me quedé dormido muy rápido y sin despertar toda la noche.

     

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    sentir sentirse

    Del sentir al senitrse.

     

    Sentirse en casa con la boca fumadora, sentirse el cable del teléfono blanco. El saldo -expirado- Botones y sonidos, sentirse llamada perdida, poder correr, escapar. Sentirse sentido. Sentir que siente conmigo, quien sea, quien sienta, quien mienta.

     

    Siento las canciones en mi boca que canta a la de enfrente del espejo*.

    *A mi cara, la que se queda reflejada cuando yo dejo de mirarme, la que se imagina sentir que miran, que ven que paso, la cara que canta y siente al espejo, a la luz ya no

     

    Sentir que hay pasos, imaginar goteras o segunderos donde parece que no había ruido.

     

    Alguien preguntó por el árbol apagado; se fue en la basura, y ya no lo veo. ¿A dónde van los árboles de navidad después de  desnudarlos de sus esferas?

    Ahí se fue el mío, y el tuyo: donde van los árboles.

     

    Siento que decir lo siento, es falso. Es como decir Im sorry. Como doblaje de serie gringa, de jóvenes, por canal Cinco en la noche.

     

    Sentir recuerdos en la cama, en la regadera.

     

    Después de que alguien usa una toalla y se va, la deja colgada, mecida. Al vaivén de sí misma o de los ojos. El diametro de mis ojos se proporciona a la toalla fría de agua, de estar colgada. ¿Te vas? Sentirte sin verte o tocarte, sentirte imaginando.

     

    Sentir, cantar, dormir, despertar entre plantas recién regadas, en gatos subiendo escalones, el los listones, con la boca abierta de gotas tuyas. Sudar y sentir que

     sentimos. Comunmente.

     

    Sé mi sentido, hay un hueco en tus manos donde ponía la cara, donde cabía sólo eso. Donde sentías..

     

     

     

     

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    De los ochenta para acá.

    De los ochenta para acá.

     

    La última vez que cambiaron fue con la llegada del b eme. Yo los dejé sentados en la mesa del restaurante y llegué a casa. Mi padre ha ido subiendo conforme cambian sus autos,  y eso es lo que me cuenta mientras vamos camino al restaurant.

     

    Menciona como pasó de auto americano, a japonés, y ahora, uno alemán. Mi madre venía del trabajo, ella va uno de esos almacenes grandes. Una cadena de out lets.

     

    En la ciudad que  nací, no existían. Era sólo una boutique de dueños judíos, en la Condesa. Años después, después del 94, el señor Jacobo compró cadenas de almacenes donde se vende saldo. Donde se vende a mitades de precio. Donde se venden marcas de tiendas españolas manufacturadas en Indionesia. Donde trabaja mi madre, después de la separación. Después de que mi padre dejó la casa, para venir los fines de semana a lavar su ropa blanca.

     

    Mi padre tiene un nuevo auto, como enero de este año. Le ha dado a mi madre la camioneta que antes usó. Mi madre también ha subido como lo ha hecho mi padre, cuando ella pasó de uno a uno hasta el japonés, el que deja mi padre lo estrena ella.

     Le falta un escalón para llegar al próximo auto, eso será cuando mi padre cambie el auto alemán por otro, no sé, cualquier otro.

     

    topaz

     

    Mi madre me pidió una crema en navidad para sus manos. Fui a una recomendabilísima tienda de cremas inglesas que hay en todos lados. Con esto, quiero decir por todas partes. Estas tiendas están en muchas plazas, o malls, según como uno quiera referirse para decir un conjunto de tiendas departamentales. La idea ha sido buena para muchos inversionistas: abrur lugares de recreo, para poder comprar, ir al cine, salir a cenar, retirar del cajero, y comprar cremas francesas con olores naturales, lugares donde el frío se hace más ligero, donde uno es feliz.

     

     De lavanda, de coco, del miel. La crema más especial es tratada con una flor desplumada, por así decirlo a mano. Esto sucede en el Perú. Mi madre me pidió una crema para sus manos, porque están muy resecas por contar sensores.

     

    Yo fui a la tienda y compré una delicadísima crema hecha a base de marihuana, que es, para el cuidado intenso de las manos resecas. El vendedor ya me conoce, yo voy ahí y pido unas cremas, y pago. Me conocen y me regalan muestras gratis, y cuando voy en compañía, les reparten pequeños sobres de compañía, pequeños sobres de crema de lima, o lavanda a mis acompañantes.

     

    Me unto de cremas esperando oler. Esperando ser olido, y la piel se alisa. Las manos de mi madre están muy agradecidas, y ella me lo ha dicho, me dijo, qué buena crema. En sus propias palabras se define como una mujer que tuvo mucho éxito, y que cuando trabajaba ahí, cuando aún era en la colonia Condesa, usaba zapatillas altas. Que antes de que llegara Microsoft, ella escribía con su maquina, y que los ochenta fue su mejor década por que se casó, se fue a Europa, y se embarazó.

     

    Volvió al trabajo después de veinte años. Y ahora trabaja en cualquiera de los puntos donde se encuentre uno de estos famosísimos out lest. Al sur, al norte, al centro. En Coapa, Ciudad Azteca, en metro o en carro japonés. A veces mi madre llega llorando, pero lo mejor es cuando se va.

     

     Porque se peina y se arregla y sale, y me pregunta entre este y este otro. Se arregla el pelo, y pierde peso. Me dice con mucho que gusto que no se dejará de la humillación, que incluso la miran como la dueña del lugar.

     

     Acaban de regresar de un paseo en el carro nuevo, el beme, y ella entra a casa, y pronto estrenará un auto grande, con piel en los asientos, y llegará a contar sensores, para que los clientes la piensen dueña. Mientras yo diré que escribo.

    Entre líneas...

    Abre paso a un amor libre. Se pone en pie y sin ver lo que lleva puesto se echa el perfume, de una sola y ligera fuerza se derrama en su cuello el olor dulce, de cítricos. Sale, va buscando la aventura, y camina unas calles sobre las mismas calles de siempre, pasa por los camellones de palmeras alineadas simétricamente, todo el recorrido es el mismo, y aquí el olor del perfume se hace más denso, más fuerte por donde pasa, junto a quienes huelen la mezcla del sudor de su cara con el perfume. Miran su ropa sobre un cuerpo joven de libres direcciones y sentidos. Se diría que trae una cara de luz ámbar intermitente, saltando sobre sus pómulos. Así es él, vagando en vagones. Ha llegado, compra un billete del metro que inserta por el  torniquete y pasa libre, las escaleras en bajada y los vapores del tren naranja le alcanzan a rasgar un poco el peinado, le hacen rascarse la nariz, lo tiene en frente, camina a la parte trasera y sube, entra en espera de ser mirado. Ahora se queda parado frente a los asientos libres, esperando claro que sean ocupados por otros viajantes de vagones bajo la tierra de la ciudad. Abajo también hay ruido, también se escupe la música, y uno también se guarda la billetera entre las carnes. Abajo también corre la ley del policía, y la violencia sabe mejor bajo la tierra, todo, todo mejor y mecánico: un niño perdido, una anciana orinando en la orilla, un campesino, un guitarrista ligero y un vendedor. Todo es mejor bajo la tierra que es más caliente que afuera, que es más vaporosa porque está más en contacto con el infierno o con él, quien va recién perfumado mirando a los otros que corren a sentarse a los asientos. Ahí va llegando ese hombre de cuarenta años que lleva portafolio negro y barba crecida pero afeitada, con distinción, ahí está: se acomoda y se sienta mirando siempre al frente del camino, vías y oscuridad. 

    Ahora esta forma de pararse le da al perfumado una nueva dignidad.

    Un nuevo elogio para quien voltee y lo mire ya sin ese abrigo de otra época. roto, descansa en la escuadra de su antebrazo y codo. Ahora lo contemplan con un culo recargado en las puertas del metro. Esa pose de galán la ha visto antes, no hay duda de la costura que llevan los pantalones por sus muslos, pero el hombre interesante no mira. Otros miran, le vuelven la vista, lo conservan un segundo con esa imagen dentro de los ojos, y cuando los vuelven a abrir, el muchacho del perfume ya cruzó la pierna, ya bajó la cara pero sigue mirando hacia ese lado. No importa que aquí lo tengan con la ligera superficie de su vientre plano, ese abdomen moreno y duro atrapado por una camiseta de algodón blanca.

    No hay más atención que la que hay puesta en el hombre de portafolio, y ya viéndole el portafolio aparecen unos zapatos no tan bien lustrados, y una sonrisa que no sonríe, pero que son sus labios formados a esa manera de tener una alegría entre cada labio, pero los ojos van ahogados por todo aquel trayecto en esa línea verde del metro, que cruza de punta a punta la ciudad, la ciudad de abajo, la colectiva, la del monstruo veloz, naranja.

     

    El hombre sabe que ante sí tiene a ese ser nuevo, reafirmándose en sí, buscando su reflejo en los anteojos de pasta café que lleva puesto, te seducen y tú seduces sin mirar. El viaje termina en la estación universidad, y ninguno de los dos se mueve, todos bajan y la puerta abierta. Se sube la mujer de uniforme azul, tan azul como los azules de intendencia, con escoba y guantes, y limpia. Los dos personajes son una ventanilla, un asiento, un tuvo más. Me llamo Esteban, dice el grande, el de portafolio, y sale, adiós.

     

     

     

     

     

     

     

    COPILCO

    De paz. Noche.

    De Paz. Noche.

     

    De pronto termina tu estadía por Veracruz y esa palabra con la v y la cruz forman a tus labios de ese sonido. En función de tu voz: Veracruz. De pronto vuelves del puerto. Y cuando dices Veracruz, o sigo acá en Veracruz oigo también lo que ves, las olas, tu cuarto de hotel, el lugar en que comes, la arena, la playa. A ti, oigo a tus pasos.

     

    Tu llegada me perturba. Digámoslo así: sale a colación en las partidas del tarot, tu carta; pregunto por ti, por si vienes. Me angustia pensar que llegas hoy. A veces se sabe cuando la luna está llena por la luz que recorre las telas, las plantas, las sillas.  En la mañana arranqué la hoja del calendario y una ilustración anunció la luna llena en el número 21 de diciembre. El cielo no lo vi con su luna, sólo en papel. El gato mira por mí. La otra noche hablaban de las cara de la luna y no entendí. Me callé. Porque no la he visto nunca, a mí me asusta verla. 

     

    Pensar que llegues es una historia de amor terrible. Por ti, por la luna llena, y la arena que aun traes, en los zapatos, en la ropa, el cuerpo. No sé, déjame seguirte pensando batido en arena.

     

    Como escritor aficionado nada más, uno puede darse el gusto de caer en cualquier tipo de lugares: comunes y corrientes, nombres de restaurantes, de calles, de casas que ya han demolido, podemos decir el nombre del vips que ya tiraron. Podemos decir Sanborns como podemos escribir Guadalupe. Podemos recordar esas calles y decir sus nombres, podemos decir de lugares y de cualquier cosa, cualquier marca de perfume, cualquier marca de auto, cualquier camisa de hombre, cualquier talla de pantalón, cualquier hombre orinando la esquina, podemos jodemos, acordarnos de ti. Podemos ponernos como queramos y hacer historias de personas que regresan de viajes gastronómicos por Veracruz, por quince días o más. Por la afición nada más.

     

     

    La otra tarde me senté aquí a hablar del golpe que implicaba nacer en diciembre, le escribí al Gladis que me parecía ñoño y burdo nacer en diciembre, por tener que festejar junto al árbol: siempre lo mismo, le dije, todos mis cumpleaños rodeado de esferas y listones, de decoraciones exageradas, como yo y mis deseos. Como yo en la cama. Como diciembre, navidad. Las mañanitas, la luna ya se metió. No, todavía no, sigue fuera y tú no llamas. Tampoco llamaste el día de mi cumpleaños y me dijo Yomi: segurito al menos te pensó, todo el día te pensó. Le hubiera sido más fácil llamarte y deshacerse del recuerdo de tu día, de ti.

     

    Ayer antes de dormir pensé que volvías, soñé lo mismo. La gente empieza a irse en diciembre. La ciudad se va a dormir muda. Este año, allá han puesto una pista grande. De hielo y no sé si es cuadrada o rectangular y el Gladis todavía me pregunta que si en México hacía mucho frío o qué, porque allá en Italia el frío muy fuerte, muy blanco.

     

    Hoy regresas. Tengo muchos cajones sucios, que sacar y acomodar. Regué las plantas, y jugué con el gato. Salí a comer en la avenida de enfrente, la del camellón y palmeras, a la calle. Volví a tomar café y a intentar leerlo. Peleé en el teléfono un rato, el horóscopo y mi cama. Y a dormir.

     

     

     

     

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    Callear callando chico.

    Mis lentes están listos. Me han llamado desde muy temprano para decir que podía pasar por ellos. La óptica, siempre atenta.

     

    Ya me iba por ellos. Porque esta noche tengo un baile. Una fiesta en el departamento que está a unas cuadras, y porqué no llegar con zapatito de cristal, o lentes nuevos. Ya me iba.

     

    Pero se me pasó la tarde recorriendo la colonia, se me pasó en caminar por las calles de siempre. Me metí por Pestalozzi. Y seguí por Concepción Beistegui. Entonces llegue a casa.

     

    En la mañana escuché en el noticiero los pronósticos del día. Como todos los días de invierno, éste iba a ser un día de corta duración. De mucho ruido y pocas nueces, de prender la luz antes, de diciembre.

     

    Cuando pasaba por las calles que mencioné, reparé en sus construcciones, en sus edificios y zaguanes. Una noche conocí a un artista, un intelectual de ojos y cabellos parecidos: claros. Su apellido es Frank. Vive por aquí, y entre otras, aquella noche dijo que la gente de esta colonia apestaba, por panista y por mocha, por snob y wannabe.

     

    Entonces pensé que era tráfico de viernes. Por qué se debe considerar eso para tomar una decisión madura, que puede cambiar el destino en la noche del baile. Puedo llegar estrenando, o: como siempre. Pero es tráfico de viernes, me senté por aquí y decidí hacer algunas cosas.

     

    La gente bien de por aquí, ya no vive aquí. Se fue a mejores casas, vendieron sus casonas y se cambiaron, entonces en lugar de esas casas se pusieron a hacer edificios nuevos, de colores que sobresaltan a los camellones y palmeras que dividen la circulación de esta colonia de la que les hablo. Que es muy surrealista.

     

    Hay gente muy bien, porque sí, aquí votaron por el PAN, y tenemos al PAN. Frank habló de las señoras, de los estudiantes del CUM y de las taquerías. Yo de los mercados sobre ruedas, las panaderías, las lavanderías, las farmacias, las tiendas, neverías, sastrerías, peluquerías y las jacarandas moradas en primavera.

     

    Sin embargo la cercanía con tres estaciones del metro en una misma colonia, y la ubicación tan por el centro, tan para el sur, tan para tlalpan, debían ser factores indiscutibles por las que mucha gente continúa viviendo por acá. Al eje 5 sur, por Xola, Avenida Universidad, Cuahutemoc, todo eso que lleva a todas partes.

     

    La fiesta es en un edificio que está en Romero de Terreros con Enrique Rébsamen, qué nombres tienen, qué buenos son.

     

     

    narvarte

    Ab.necia

    amnesia.

    Pensaba escribir sobre el ser adulto. O sobre el cómo juego a serlo yo. A diferencia de muchos otros de mi edad,   más alta de 21,  yo me siento igual que cuando era un niño jugando al grande, por ejemplo cuando voy a una tienda departamental.

     

    De pequeño jugaba con mi prima a la tienda. En la sala colocábamos en diferentes puntos algunos de nuestros tesoros. Los juguetes tienen esa capacidad que ningún otro objeto: son mutables, a veces sirven de hijos, otras de guerrero, de adorno, de héroe, otras de nada. Otras, como las tardes del juego a la tienda departamental, servían de elementos a vender. Alguno jugaba a ser el cliente y el otro vendedor, claro.

     

    Ahora que voy a la perfumería a surtirme de olores, me siento como en aquellos años.

     

    -¿En qué puedo servirle? Caballero.

     

    -Este qué cuesta, para qué es.

     

    - tarjeta o efectivo.

     

    De niño no entendía el mecanismo de las tarjetas de crédito, no sé qué respondía entonces, ahora sólo contesto con tarjeta, por favor. La vendedora me recuerda tanto a mi prima, y yo curiosamente me recuerdo a mí. Hay cosas que sólo eistes o se inventan para repetirse.

     

    Pero cuando pensaba escribir sobre esto del juego de mi prima y yo, del ser adulto, y pensar en las compras, y darle más vueltas al asunto, abrí la lap top y me quebré al encontrar en la pantalla un dibujo. Explico: yo no sé usar mucho la computadora, sólo lo básico, de hecho me es molesto hablar en términos computacionales, y escribirlos más. Pero encontré una imagen que me recordó mucho a mí. Nunca la había visto, ni siquiera sé cómo vino, pero al abrirla y hacerla grande vi ese dibujo del que hablo, que se parece, que se aparece.

    Por que te encontré

     

    Leí algo que escribiste y no me parece nada bueno. Me parece sincero, te faltan puntos y acentos en diferentes lugares. A mí, según me han dicho los que sí son críticos literarios me sobran comas, tengo mala sintaxis y cosas parecidas.

     

    Los puntos y las comas sobre lo blanco es ir adornando de lunares y verrugas, -por muy fea que suene la palabra al texto. Después de leer lo que escribiste me dieron ganas de hacerlo a mí también, me sentí con el derecho de hacer un escrito con exceso de comas para ti, aunque no lo sepas.

     

    Ayer veía en un programa de la televisión española la importancia real de los blogs, las opiniones se dividían, unos opinaban que pueden llegar a convertirse en un buen referente para los que navegan, o se hunden en esto de Internet; otros opinan que no se llega a ningún lado con ellos.

     

    Yo leí lo tuyo en un blog, al igual que yo no tienes ningún comentario. En realidad este es mi comentario, pero lo pegaré aquí a ver si caes por accidente o por destino y se te antoja echarle un ojo a mis palabrejas.

     

    Ayer, en la madrugada le envié una foto a uno de esos tipos. A uno de esos tipos cuyo nombre sigue con aguja e hilo puesto para la aventura de lo osado, y lo sado. Le mandé una foto donde aparezco desnudo, donde aparezco sin nada, con la gata cerca. Entonces, él contestó: ¿quieres que te dé mi opinión? Le dije que no, que sólo se la mandaba para compartirla y nada más.

     

    Después pensé que un extraño, que un más reciente como tú, por algo por alguna razón hubiera dicho algo mejor, hubiera mentido, hubiera dicho te me antojas y te como, y te muerdo las nalgas y me pierdo en ti.

     Tú eres nuevo, ajeno y hoy te leí en un blog. Me gustas, te dejo la foto

     

     

     

    wAWA 037.

    Secuestro Express.

    Se me perdió un texto en el que hablaba con ahínco y admiración a mí mismo; de las labores hogareñas que me han ido dibujando en la cara registros de estados de ánimo que recaen sobre todo en la noche, cuando me encierro a fumar en silencio o creerme cantante.  Se me ha perdido ese texto que califiqué de fresco y brillante pues me detenía a puntualizar lo que ha sido mi vida de un tiempo para acá, con ese recurso que tanto gusto me hace sentir al describirlo de una u otra manera, decir más de la cuenta, inventar un poco, decorar las letras para hacer saltar, correr, frenar, en fin, serle más fiel a lo que siento en esta vida de vuelta a la casa, tras haber dejado la universidad, pero con ese intentadísimo aire místico. Pero el texto se perdió, y está este.

     

     Describía la alegría de ir al supermercado y no verme tan estúpido al escoger un jitomate tierno, o un aguacate maduro o un mango duro y carnoso. El texto había quedado bien porque con él hacía un esbozo informativo de lo que son mis mañanas, mis tardes y mis sol, edades. Mi gato y ellas, el teléfono y ella. Y ellos viniendo a casa, y yo saliendo en las mañanas con los perros, a la farmacia, al camellón, a la avenida.

     

    En una parte del escrito, puntualizaba sobre la vida vista y vivida y doblada y dormida de esta nueva forma. No podré sentirme a gusto con este nuevo intento, en el que trato de recordar los puntos citados en el texto anterior, el original, que como dije antes me parecía precisamente más original y mejor hecho que el actual. En fin, a lo que quiero referirme es a esta nueva forma provista de grandes retos y que en teoría funciona de manera tan simple y llana, que nadie se detiene a pensar que verdaderamente puede ser difícil ir al mercado y no saber cómo escoger la verdura, ante la amenaza del marchante.

     

    El otro texto tenía además un fin poético en el que describía mis labores con recursos de la retórica para hacerme sonar quizá un poco más sublime, y  lograr infundir en el lector una mirada de admiración a la labor de amo de casa. La poesía sirve para eso, para revalorar o valorar inicialmente un hecho, una cosa, un momento que podría pasar de forma insípida, para adornarla con el entretenido juego de palabras, y así crear una legitimación a aquello que es ordinario.

     

    Creo que me aventuré a llamarlo como El amo que ama la casa de ama de casa. El efecto, por supuesto aquí resultará un tanto quizá, altisonante o un tanto ridículo, pero en el momento no lo era, porque en el momento era yo escribiendo desde una parte nociva, volátil.

     

    Uso varias caras a la hora de escribir para encontrarme una en la que tenga suficiente comodidad, espacio. El tono del drama es como mi pluma, no podría desprenderme para hablar de manera más objetiva o racional, porque el drama siempre ha sido mi medio de expresión. Aun de niño, en la pubertad se vio limitado al llanto constante, y ya más madurito utilicé la poesía, mía o ajena para identificar estados de ánimo con los que podía decir y callar al mismo tiempo. Esa debe ser sin duda el arma por excelencia de cualquier obra o creación: la sutileza, la presencia misma de la pieza del artista avasalla y grita, pero  es un recurso un poco más de cobardía. Me aventuro demasiado en esto, en esto que digo pero no me importa, porque no me enteraré. Quizá haya de los que son valientes, y otros los que somos cobardes y acarreados por las labores hogareñas, tendemos a manifestar una conducta clandestina a nuestro propio credo.

     

     

    En fin, yo nada más quería recuperar el texto poético en el que describía mis días tras la convincente decisión de querer vivir así durante mucho tiempo: entre paseos, lecturas, escribidillos, escapadas, cuidando a las plantas y a los perros, soñando cómo quiero que se vea mi librero cuando esté más viejo. Eso es lo que hice en el primer trabajo, pero lo hice con ese recurso que provoca la admiración de mi padre, la indiferencia de mis amigos, y la compasión de otros, y el gusto de los que están al pie de mi cama, haciéndole cosquillas a mis pies. La cuestión es que nunca me he tomado en serio, y por eso digo que quiero vivir en el hogar sin ahogarme, quiero nadar en mi propia casa. Delimitar los puntos cardinales hasta donde yo quiera más allá de mí. Y por ahora es todo. No tenía ninguna pretensión. Gracias.

     

    Por cierto, si alguien sabe cómo puedo recuperar mi primer texto, agradeceré información. Dejé el programa para escribir abierto y se fue la luz, y no se recuperó.

    .

    hombre saliendo del psicoanalista

    La mañana y la noche tienen un sonido distinto, que nunca puedo o podré entender. Me quedo sentado en el sillón que da a la ventana y veo un alto muro de concreto del edificio que me detiene, a mí, a mi piso y a otros diez. A lo lejos, el camellón que divide la avenida, lleva y trae carros de todos colores. Me quedo en la contemplación de la mañana o la tarde asomado a la ventana esperando algún choque. Sólo entonces puede terminar el letargo.
     
    A otros ratos fumo. Me siento de colores diveritidos y pienso que lo soy para el resto. Me es tan difícil pasar por tirste que aunque todos me ven con la sonrisa y el chiste gastado que me contaron ayer, hay un estado de ánimo que no alcanzo a entender.
     
    El psicoanalista levantó su mirada dejandome en claro, -aunque sin ninguna expresión más que la opacidad de los rombos en su suéter rojo- que mi caso era más difícil de lo que él había supuesto.
     
    Así es, al principio de la terapia llegué muy interesado en la experimentación. Me eché en el diván teniendo como único interlocutor un retrato del viejo Freud, que en otra época de mi vida, mucho más inocente, mucho más cándida me habría dado miedo. Lo único que se escuchaba en el consultorio de muebles forrados en piel naranja era mi voz. No me acostumbraba, no me acostumbré a sólo oírme a mí y a las dos voces.  La mía, la que todos conocen, con mi timbre y con mi acento, y la otra, la más molesta, la que raspa mi cráneo con piquetes y me hace pensar en esto y lo otro.
     
    Mientras hablo con la voz que todos conocen, la voz que nadie me va diciendo :"pedazo de imbécil, por qué has dicho esto." "Eres un chismoso, si Pepe se entera lo que dijiste de él te mata." Y estando en el diván el proceso es todavía más complejo es: "Abraham, lo que estás diciendo o lo que no estás diciendo es un gran material de información para este artemiso contemporáneo." Odio hablar con mi silencio, la voz que demoniné conocida por todos dice: Me ha ido bien. Me siento bien en casa, ha hecho un frío espantoso. Me molesta la lluvia, Mi gata orinó los asientos del carro, tengo tos, no me gustan los días nublados, no quiero desperar a veces. "¡Maldita sea, volví a fallar."
     
    Mi analista es un hombre guapo al que respeto por su impecable porte. En todos los años que llevo de conocerlo jamás se ha quitado aquella argolla dorada que le aprisiona el dedo. Y en cuanto a moda es clásico. El cashmir y los pantalones de vestir serán un referente que probablemente lo lleven a la muerte vestido justo de esa manera. Me imagino que la VOGUE no es algo que ha pasado por sus manos ni siquiera cuando llega a esperar a Sanborn's. O es más, quizá él nunca tenga que esperar por esos métodos analistas que le funcionan tan bien, según parece.
     
    Sin importar que no entienda la diferencia entre Louis aVuitton y DKNY, él se daba una idea bastante clara de mis compras compulsivas, y así finalmente pudo entender la verdadera angustia de mi padre con cada estado de cuenta de la tarjeta verde. Por otro lado, la verdadera importancia de la relación psicoanalista-paciente, no es otra sino esta misma: la importancia. Lo que es absurdo para otros, o lo que nos da pena revelar en cualquier conversación, para él es un material de estudio, y para los que estamos tendidos en el diván con espaldas a él y frente a Freud es una sensación cataclítica.
     
    No obstante a que se ha mantenido el absoluto misterio de su vida, su historia y demás la conexión -no me gusta la palabra, pero en fin, entre paciente y analista es mucha, casi directamente proporcional a la de anailista - paciente.
     
    He creido bajo el dominio del miedo, y aun cuando sé que él jamás me dará un tip, una recomendación astrológica, o un amuleto para estar mejor, me da miedo. "Colocas en mí tu miedo a decir las cosas" -Maldita sea, pienso. Seguro este ya sabe tocho morocho de este farolin que viene a habalrle del año nuevo judío, del informe de Calderón, y del rápido crecimiento que ha experimentado la colonia Narvarte.
     
    Grandes artistas han estado bajo la lupa del psicoanálisis y no con el afán de mejorar su vida, quizá, sino como la búsqueda extraña hacia las raíces que desprendieron nuestros órganos, extremidades, hasta llegar a esa nebulosa parte del cerebro.
     
    Cuando él cierra la puerta, terminados los 45 minutos de sesión las dos voces callan, suena el fuego de una cascada arrasando mis ojos. Volteo a ver la puerta esperando y despesperando, imaginando que puede abrirse para que salga él y diga que te vaya bien, deja de hacer esto, no repitas aquello, bajo ninguna circunstancia vuelvas a pisar el cabaretito, date de baja ya en la universidad, cuida y descuida a tu madre, no fumes tan seguido. No lo hace, no lo hará. Tomo el celular con la esperanza de haber recibido un mensaje durante la sesión, cualquier contacto duera de los cinco pisos que tengo que bajar, lo que sea, correr.
     
    El viaje en el elevador es lento, es una especie de jaula que lleva a la condena o al paraíso, se deitene en plana baja y la puerta se abre dejando escapar los sonidos masticados por el crujir de mi espalda. Después llego a casa, enciendo un cigarrillo, pienso un poquito en el ayer y el hoy. Más tarde el timbre y la pregunta ¿cómo te fue en tu terapia? A veces contesto con una voz, otras con la oculta, y después callo de verdad. 

    j

    Nada como volver a casa.
     
     
    La idea de saber que después de la fiesta está la casa, es un factor fracnacamente maravilloso.  

    Titulo Obligatorio.

    Calculé los suspiros que partieron la noche en tres proporciones de olas, en tres diferentes momentos. Me pongo al espejo a interactuar con una carita baja, llena de pecas que nunca ha tenido por falta de sol, te veo a ti y cuando levanto la vista quedo sólo yo. Queda el recuerdo de un nombre que nunca pude memorizar a falta de fuerzas, por orinarme en la voluntad.
     
    1
     
    A veces hago que mi cerebro dé movimientos,  yo imagino que da vueltas creando dibujos en la membrana de mi cráneo.
    Tengo unos dientes que rescatan algunas lánguidas palabras que se desparraman a la lengua, que es juguete de la mano de mi cuello. Porque detiene eso que quiero decirte, que quiero contarte.
     
    Yo es la palabra que menos autorización tengo de usar. Si fuera un árbol quisiera vivir truncado a las riendas del tiempo. ¿Para qué escribo? ¿Para qué callo? ¿Para qué lloro? Quiero dejar un testimonio de los años curva que faltan por enredarse en el pasado.
     
    2
     
    Tu piel no es blanca, ya no lo es. Me pongo una ropita cálida y alegro mi cabello con agua y jabón. Enjuago mis penas, esas que ves tan ocultas en la medición de mis carcajadas. Me ves perfumadito y con la cara recién afeitada y crees que por eso ya soy feliz. Me ves ahí, con una mochila café que alguna vez llevó mis esperanzas a la escuela de escritores, y hoy me hace acarrear el gris que sigue siendo gris, que saco al tema cuando todo es azul, lívido blanco sobre la mancha que acorrala al mundo.
     
    A veces uso un gorrito y fumo en los momentos de soledad. Cuando estoy rodeado por las caras saco un celular y hago como si alguien importante estuviera por llamarme para decirme no lo hagas, para decirme quédate.
     
    3
     
    Ya cuando iba a despertar vino a mi mente ella. Ella llevaba el pelo corto, jamás existió un listón que apresara su cabello pajoso, que crece de un lado mientras se corta el otro. Pensé en ella como una gaviota montada en el astro más explosivo. Pensé en ella como una mujer de piernas y brazos de la misma proporción. La pensé como una caperucita contempóránea olvidando a la abuela para ir a visitar al lobo.
     
    La pensé con sus lentes deslizándose hacia abajo sobre su nariz. Imaginé a sus lentes mirando hacia arriba, donde las dos pupilas prendían de los ojos que tiene. Pensé en dos puntos sobre una i, y entonces quise recobrar la certeza de mis males.
     
    Después de los tercios desperté llegando a mi vida a propio pie. Y ahora vuelvo a oír el segundero que nadie más. Suena tic tac por cada muro y en la mesa, sobre el piso y en el aire va viajando aquello que no ves ni viste. Y entre las manos queda esa nada que acompaña mis tardes.
     
    .Me ves.
     
     
     

    Crónicas de la bananina

    Oigan, les dejo este fabuloso escrito de mi querida Bananina, quién mejor que ella para decir cómo es que las cosas pasan!
     
     

    Reunión Chez Moi

    Por  (GinaHalliwell)

    Dicen que los escritores de Sogem se parecen a los Timbiriche: aún no se cumplía un mes de nuestra graduación cuando ya se había armado el primer “Reencuentro”.

    El reencuentro sogemita

    Jueves 5 de Julio de 2007. La señorita Ximena de Tavira y el señorito Abraham Téllez España se encargaron de coordinar tan memorable evento.

    Ximena de Tavira y Abraham Téllez España

    Desde muy temprano, ambos artistas decoraron la locación con numerosos carteles.

    Carteles y más carteles

    También había uno que otro boxer recién lavado (según).

    Carteles y calzones

    Sin embargo, se negaron a revelar la receta secreta con que prepararon las “Gelatinas Felices”.

    Ximena y las gelatinas

    Poco después fueron llegando los invitados: la pintora Ximena Cuenca y el novelista Mario Sánchez Carbajal fueron algunas de las estrellas que nos hicieron el honor.

    Tú y yo amigos por siempre sha la la

    Además, Sergio Sepúlveda Horta, especialista en Filosofía Metafísica, realizó el famosísimo ritual del cubo de azúcar sobre una cucharita de Absenta, para beber licor de ajenjo tal y como alguna vez hicieron los Poetas malditos… Pero a nadie se le ocurrió tomar fotos de este inusual evento.

    Ashhh qué menzorros

    Eso sí: el anfitrión de la fiesta nos prohibió terminantemente leer la Temporada en el infierno, porque temía que apareciesen ante nosotros los espíritus de Rimbaud o de Baudelaire.

    ¡No invoquen poetas muertos!

    También estuvieron presentes los amigos de Abraham Téllez: Fernando, la Pelona y la guapísima Bárbara llevaron mucho entusiasmo, risas y cervezas.

    Bárbara, la Pelona, Martha

    Y yo llevé… a Giovanni Reyes.

    Gio

    Una de las actividades culturales fue el aplicar nuestros conocimientos de Guión de Televisión.

    Aplicando nuestros conocimientos

    Juntos analizamos el talk show de Laura León: La señora León (ya está disponible en su YouTube favorito).

    Laura León, la Señora León

    Los chicos se morían por ver un concurso de camisetas mojadas…

    ¡Que vengan los bomberos!

    Como todas las niñas nos negamos, llegaron algunos paparazzis a sorprendernos.

    Dos Ximenas y una Gina

    Lo mejor de la noche fue saborear el deliciosísimo pie de Ximena de Tavira.

    Un acto de canibalismo

    ¿Para cuándo el siguiente concierto, que diga, el siguiente reencuentro?

    Gina Halliwell y el escándalo...

    Sin duda alguna, Gina Halliwell es una de las consentidas de este espacio de información, chisme, cotorreo, e intentos literarios. Es una de las chicas más fotografiadas, y comentadas en el sitio.
     
    Precisamente por eso, queridas y queridos, les voy a contar algo que ha sucedido últimamente y que simplemente no puede ser. Más allá del cariño, y amistad que exista entre el autor de este space y Gina, existe una justicia que debería ser velada todo el tiempo.
     
    Hace unos días todo parecía indicar que la estrafalaria y descontrolada vida de Gina, tomaría un rumbo fijo al emepezar con la conducción de su primer programa de televisión por internet; no quisiera darle importancia a quien no la merece, pero resulta que una chica, aparentemente celosa, metió un virus en indemix.net, la página que transmitía el programa. Yo simplemente hago un llamado a todos aquellos que no son nada en la vida, y que pretenden serlo todo por el poder que les da un teclado, buenos contactos y saber mucho de compus, aprovechen lo que saben para hacer cosas buenas, y no echar a perder los proyectos ajenos. La envidia y los celos me parecen del peor gusto, psicoanaliticamente deben reflejar un complejo de inferioridad, que igualmente, me resulta naquísimo. 
    En fin... Gina es fuerte y a ella todo le pasa, así que sigue adelante, pero no quería dejar pasar por alto esta llamada de atención, para todos aquellos pocos que visitan este sitio. Muchas gracias lectorcitos, les mando todos mis besos, y no olviden visitar el blog de Gina Halliewell... quién no ama a la niña todo me pasa!
     
    Les comparto unas fotos bastante ardientes!

    paz

    Te pido ser mi abrazo,
     
    van las rutas haciendose cruces
     
    y el espacio entre mi párpado y el sueño,
     
    es real.
     
    Pienso en ti como un sistema de ecuaciones,
     
    sin elevaciones al cubo, ni despejes.
     
    Con incógnitas.
     
    Hago por un hueco que pueda habitar
     
    entre tu axila y tu brazo,
     
    De todo hago por tu beso a segundero.
     
    Tu nombre olvida sus letras y te vas.

    Tienes la carita más fea...

    Alguna vez lo pensé como una posibilidad certera. Otras como un fantasma venenoso. Y hoy como una gota que sale del agua.
     
    A veces pienso en sus pecas, me sitúo en cada una de ellas, las de sus hombros, las de su espalda, me gusta unir esas líneas que puedo ver bajo una sábana, mapa plano que cubre a dos mundos, a nuestros cuerpos, dos hemisferios opuestos peleados. Su mano en mi barbilla sugiere sielencio cuando se sitúa su índice enmedio de mis labios, y sólo él puede hablar, y dictar y decir. Mientras me besa, pienso en el espacio, un un mar de colores que cambia su superficie de acuerdo a la ola, ahí viene una verde, luego torna a rojo, y se transforma en amarillo. Mi mar de cien colores manitie viva la esperanza de que pueda decir palabra alguna después de su beso.
     
     
    Me siento frente a él y lo analizo como a un cuadro, veo como cada registro de luz pasa por su cara resaltando sus ojos, y la opacidad de unos labios que parecen sellados por un tiempo de temblorinas. Van sus brazos tan de acuerdo al cuerpo, que  parece haber sido creado por manofactura española. Él es como una cajita hecha en casa con esmero, y tiene una bonita forma de usar los cubiertos; se lleva a la boca una cucharada de crema de zanahoria sin que su filipina blanquísima se manche.
     
    Una vez me dijo que aprendió de la agilidad de tender camas, y las deja lisas, sin moronas, sin rastros de gatos. Apretadas como si se tratara de un colchón con un sombre mimbretado. Pero hay que reconocerle ese instinto animal que posee para destenderla, y situarme ahí, debajo de las sábanas, de bajo de él, debajo de mi miedo, debajo de todo lo que queda sobre.
     
    Y después de que termina la hazaña heróica, se va, con la cartia más fea de todas.

    arenero

    Arenero.

    Se me ocurre tener arena,

    bajo las paredes de mi cuarto

    y llenar de granos el escondite

    entre mi uña, y mi carne.

    Quiero escribirte y volverte a borrar,

    la lengua grita la sílaba nula

    que dejaste alguna vez en el centro de

    tu almohada,

    preferías mi lado, el derecho.

    Mi cama, mi casa,

    mis ratos en los que me dibujo de papel

     

    -vertical-

     

    Suben ya tus ojos,

    un paraíso incierto del beso, mío en tu frente.

    Y preferías husmear en los cajones,

    el polvo de rastros dejados,

    te gustaba mi taza roja,

    de pronto siento tu huella

    de nuevo en mi arenero.

    entre uxmal y concepción beistegüi

    - ente Eugenia y Concepción Beistegüi

     

    Extrañando, aquí Uxmal.

    Yo a él le digo Anti. Decidí llamarlo así desde los 15 años, creo. Lo hice porque me parecía un prefijo que lo describía perfecto, que venía mucho al caso, anti-pático, anti-social, anti-pláticas, anti-juegos, anti-divertido, anti-padre. Con el tiempo, le tomé cariño al nombre, y también al viejo. Hemos vivido juntos sin estarlo. Pero tengo bueno el recuerdo de cuando llegaba temprano a casa, con su portafolios café, y su pelo reventado por aros transparentes que le colocaba ese día de jueves, de trabajo, de lluvia, y de hijo.

    Pronto entendí que esa diferencia bendita me haría decirle hasta hace algún tiempo, en un poema, padre. Creo que temo comunicarme con él, y en ciertos casos la poesía, por su retórica, por su forma de sin explicaciones, de bien o mal sentir, me permite mejor dirigirme a él, sólo algunas veces, esta no. Pronto crecí. Hace un instante, como él dice cuando me contesta el teléfono –un instante, hijo. Crezco en rotaciones rotas por un mal trazo de compás, que nunca pudo enseñarme. Hablaba el mejor inglés, le admiraba los dibujos a lápices de los personajes de Disney, esculpía para mí los rasgos más precisos de la princesa Aura, supuso que me gustaba esa mujer, de rojos labios cual carmín, y cabello como el sol, o algo así contaba el narrador de La Bella Durmiente.

     

    Me empecé a alejar de él, quizá por la negociación de aquella tarde en el supermercado. Me gustaban aquellos little poneys con ojos estrellados por el polvo más blanco, su pelo siempre era rizado, brillante. Yo lo metí al carrito, creo, y el intentó intercambiarlo por unos hot wheels. En fin, no me gusta hablar mucho de él, pero a veces viene al caso, viene al caso cuando no suena el grito del portón abriéndole paso a su camioneta, no suenan sus llaves, -Concepción Beistegüi- Tus mil llaves, campanadas del instante de la sincronía de tu silbido, padre. De tu silbido diciendo hola, de tu silbido que hacía llegar a los perros, a brincar sobre tus pantalones rectos.

    Te has ido, y ahora nos encontramos como dos amigos que están en diferentes partes, se ve que te gusta París, si quieres estás allá, y yo aquí, en mi cuarto. Pero no, estamos a una cuadra, y nos comunicamos por msn, cuando no te he bloqueado, cuando no he sido severo con mis comentarios, y tú dices extrañar mi risa, mis ocurrencias, mis saltos. Ya casi acabas lo del tec, me alegra. Ya podremos desayunar más seguido, en los lugares que a ti te gustan, viejo bendito por una luz sin crédito, anticlerical bilingüe, ejecutivo mano dura, la casa, tus pasos en los Nike que te gustaban. Tú te ibas a correr cuando yo llegaba de beber, o de perderme, o de quedarme a dormir en donde no lo hice. Los dos oíamos a Serrat, y de pronto pude hablar también de vivladi, y de lo que me gusta. Te gusta que lo haga, me pides mi opinión por el peje, y por Rascón Banda, y no te das cuenta como juega la gata en mi cuarto, cuantas cosas no se ha echado, pero la quiero.

    Ahora, me quiebro de sueño, de tes, y de tos. Y digo que en la calle hay un auto estacionado, y una lluvia, orquesta astillosa que cala el recuerdo de aquel que hoy vi tan padre, y no tan anti.

    Difamaconclusión.

    Difamaconclusión.

     

     

    A dónde vuelan las palabras después de que las nombras. Me siento en este cuarto de colores, y creo tener olor a nuevo, no sé dónde se escondan todas las plumas que recogiste de la calle para mí. Ni tampoco he pensado en la primera nota que nos enviamos, estoy pensando en un nuevo método de restauración.

     

    Voy a sacar mi cuerpo a dar un paseito en las mañanas, voy a tomar una siesta, aunque Anti diga que prefiero el inconciente que el plano de lo real. Voy a cepillar al gato cuantas veces pueda. Me acordaré de lavarme los dientes, porque a veces por las prisas se me olvida, pienso seguir escuchando música en la noche, y fumar un rato más. Quiero tapar lo que tiene mal olor, y también cambiar las paredes de la casa, tengo el propósito de no volver a matar planta alguna. Quiero sentarme a leer tres capítulos y no sentir culpa, ni siquiera porque voy entre las líneas con los pasos de un anciano, y la atención de un niño. Voy a morder manzanas sin terminarlas, dejaré siempre la mayor parte. Voy a tomar tanta agua como pueda, y a comer la menos grasa que me encuentre seduciéndome con la carita de una envoltura roja, forrando al chocolate almendrado. Quiero dejar de angustiarme por perder el boleto del estacionamiento tantas veces, y pensar que si bien, esto es nada más una prueba de la constante neurosis que me ataca, pero bueno, de intenciones se hacen muchas cosas, y yo con esto no quiero cotorrear. Quiero ignorar que mis discos están perdidos en cajas a las que no pertenecen. Quiero sentir que no me llevo los pies sucios a la cama, por haber sido descalzo todo el día. Iré al psicoanálisis porque me gusta, porque me hace sentir un sabio profeta que advierte de mí. Voy a imaginar que los cigarros no causan cáncer, y que los buenos nunca mueren. ¿Todavía queda duda? Creo que quiero sexo.

     

    organicos.

    Orgánico.

    Esta mañana he despertado como en los últimos días, cuando el sol está ya bien puesto en lo alto. Vivo en medio de una avenida por la que pasan muchos coches desde temprano. Son diez pisos los que levantan mi edificio, y lo mejor de todo es que a veces hay cosas anónimas extrañas. Entro a mi edificio y encuentro en el pasillo gente de diferentes edades, esperando el elevador que tarda, o estacionando sus carros, o peleando con el conserje Don Félix.

    Cuando recién llegamos a este tritón de concreto, yo pensé que nuestra vida estaba por cambiar, que habíamos llegado a un castillo mágico, y que dejar atrás la casa en la que teníamos plantas en el patio, y a Nino, el pastor alemán, eran cosas que se podían remplazar con un departamento como este.

    Lo mejor que tiene mi edificio es este cuarto, en el que despierto y duerno, y salgo a la escuela, a secundaria, a prepa, a Sogem. Lo mejor es cada pared que ha mutado, los pósters de perros, los amigos, los amoríos. Todo tiene un registro que me hace sentirme tan propenso a la desdicha de perder comodidad. Me asomo por la ventana y a veces veo los autos pasando junto a los camellones de Avenida Universidad, y pienso en este cuarto, en sus cajoncitos amontonados, que tanto tienen que guardar, mi cuarto y yo vamos a desaparecer de edificio, vamos a borrarnos de esta estructura, vamos a hacer que nos persigan los que nos extrañan como parte de la decoración. Vamos a vivir ahora en el árbol de la esquina, junto al teléfono público, sobre el pradito verde de orines, vamos a ser un cuarto y su dueño en un rincón de interés turístico, vamos a enseñarnos a la gente que pasa sin vernos. Vamos a comer manzanas y a olvidarnos de el bote al que debemos entrar, somos cáscara de recuerdo, cartas quemadas, duda, somos cuatro paredes de luz, somos un hombre besándonos, y una mujer dormida a mi lado. Somos la lección de Química que recibí por primera vez en ese laboratorio de secundaria, somos la diferencia de la sal y el azúcar, del algodón y el látex. Somos orgánicos.