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日志


hombre saliendo del psicoanalista

La mañana y la noche tienen un sonido distinto, que nunca puedo o podré entender. Me quedo sentado en el sillón que da a la ventana y veo un alto muro de concreto del edificio que me detiene, a mí, a mi piso y a otros diez. A lo lejos, el camellón que divide la avenida, lleva y trae carros de todos colores. Me quedo en la contemplación de la mañana o la tarde asomado a la ventana esperando algún choque. Sólo entonces puede terminar el letargo.
 
A otros ratos fumo. Me siento de colores diveritidos y pienso que lo soy para el resto. Me es tan difícil pasar por tirste que aunque todos me ven con la sonrisa y el chiste gastado que me contaron ayer, hay un estado de ánimo que no alcanzo a entender.
 
El psicoanalista levantó su mirada dejandome en claro, -aunque sin ninguna expresión más que la opacidad de los rombos en su suéter rojo- que mi caso era más difícil de lo que él había supuesto.
 
Así es, al principio de la terapia llegué muy interesado en la experimentación. Me eché en el diván teniendo como único interlocutor un retrato del viejo Freud, que en otra época de mi vida, mucho más inocente, mucho más cándida me habría dado miedo. Lo único que se escuchaba en el consultorio de muebles forrados en piel naranja era mi voz. No me acostumbraba, no me acostumbré a sólo oírme a mí y a las dos voces.  La mía, la que todos conocen, con mi timbre y con mi acento, y la otra, la más molesta, la que raspa mi cráneo con piquetes y me hace pensar en esto y lo otro.
 
Mientras hablo con la voz que todos conocen, la voz que nadie me va diciendo :"pedazo de imbécil, por qué has dicho esto." "Eres un chismoso, si Pepe se entera lo que dijiste de él te mata." Y estando en el diván el proceso es todavía más complejo es: "Abraham, lo que estás diciendo o lo que no estás diciendo es un gran material de información para este artemiso contemporáneo." Odio hablar con mi silencio, la voz que demoniné conocida por todos dice: Me ha ido bien. Me siento bien en casa, ha hecho un frío espantoso. Me molesta la lluvia, Mi gata orinó los asientos del carro, tengo tos, no me gustan los días nublados, no quiero desperar a veces. "¡Maldita sea, volví a fallar."
 
Mi analista es un hombre guapo al que respeto por su impecable porte. En todos los años que llevo de conocerlo jamás se ha quitado aquella argolla dorada que le aprisiona el dedo. Y en cuanto a moda es clásico. El cashmir y los pantalones de vestir serán un referente que probablemente lo lleven a la muerte vestido justo de esa manera. Me imagino que la VOGUE no es algo que ha pasado por sus manos ni siquiera cuando llega a esperar a Sanborn's. O es más, quizá él nunca tenga que esperar por esos métodos analistas que le funcionan tan bien, según parece.
 
Sin importar que no entienda la diferencia entre Louis aVuitton y DKNY, él se daba una idea bastante clara de mis compras compulsivas, y así finalmente pudo entender la verdadera angustia de mi padre con cada estado de cuenta de la tarjeta verde. Por otro lado, la verdadera importancia de la relación psicoanalista-paciente, no es otra sino esta misma: la importancia. Lo que es absurdo para otros, o lo que nos da pena revelar en cualquier conversación, para él es un material de estudio, y para los que estamos tendidos en el diván con espaldas a él y frente a Freud es una sensación cataclítica.
 
No obstante a que se ha mantenido el absoluto misterio de su vida, su historia y demás la conexión -no me gusta la palabra, pero en fin, entre paciente y analista es mucha, casi directamente proporcional a la de anailista - paciente.
 
He creido bajo el dominio del miedo, y aun cuando sé que él jamás me dará un tip, una recomendación astrológica, o un amuleto para estar mejor, me da miedo. "Colocas en mí tu miedo a decir las cosas" -Maldita sea, pienso. Seguro este ya sabe tocho morocho de este farolin que viene a habalrle del año nuevo judío, del informe de Calderón, y del rápido crecimiento que ha experimentado la colonia Narvarte.
 
Grandes artistas han estado bajo la lupa del psicoanálisis y no con el afán de mejorar su vida, quizá, sino como la búsqueda extraña hacia las raíces que desprendieron nuestros órganos, extremidades, hasta llegar a esa nebulosa parte del cerebro.
 
Cuando él cierra la puerta, terminados los 45 minutos de sesión las dos voces callan, suena el fuego de una cascada arrasando mis ojos. Volteo a ver la puerta esperando y despesperando, imaginando que puede abrirse para que salga él y diga que te vaya bien, deja de hacer esto, no repitas aquello, bajo ninguna circunstancia vuelvas a pisar el cabaretito, date de baja ya en la universidad, cuida y descuida a tu madre, no fumes tan seguido. No lo hace, no lo hará. Tomo el celular con la esperanza de haber recibido un mensaje durante la sesión, cualquier contacto duera de los cinco pisos que tengo que bajar, lo que sea, correr.
 
El viaje en el elevador es lento, es una especie de jaula que lleva a la condena o al paraíso, se deitene en plana baja y la puerta se abre dejando escapar los sonidos masticados por el crujir de mi espalda. Después llego a casa, enciendo un cigarrillo, pienso un poquito en el ayer y el hoy. Más tarde el timbre y la pregunta ¿cómo te fue en tu terapia? A veces contesto con una voz, otras con la oculta, y después callo de verdad. 

j

Nada como volver a casa.
 
 
La idea de saber que después de la fiesta está la casa, es un factor fracnacamente maravilloso.  

Titulo Obligatorio.

Calculé los suspiros que partieron la noche en tres proporciones de olas, en tres diferentes momentos. Me pongo al espejo a interactuar con una carita baja, llena de pecas que nunca ha tenido por falta de sol, te veo a ti y cuando levanto la vista quedo sólo yo. Queda el recuerdo de un nombre que nunca pude memorizar a falta de fuerzas, por orinarme en la voluntad.
 
1
 
A veces hago que mi cerebro dé movimientos,  yo imagino que da vueltas creando dibujos en la membrana de mi cráneo.
Tengo unos dientes que rescatan algunas lánguidas palabras que se desparraman a la lengua, que es juguete de la mano de mi cuello. Porque detiene eso que quiero decirte, que quiero contarte.
 
Yo es la palabra que menos autorización tengo de usar. Si fuera un árbol quisiera vivir truncado a las riendas del tiempo. ¿Para qué escribo? ¿Para qué callo? ¿Para qué lloro? Quiero dejar un testimonio de los años curva que faltan por enredarse en el pasado.
 
2
 
Tu piel no es blanca, ya no lo es. Me pongo una ropita cálida y alegro mi cabello con agua y jabón. Enjuago mis penas, esas que ves tan ocultas en la medición de mis carcajadas. Me ves perfumadito y con la cara recién afeitada y crees que por eso ya soy feliz. Me ves ahí, con una mochila café que alguna vez llevó mis esperanzas a la escuela de escritores, y hoy me hace acarrear el gris que sigue siendo gris, que saco al tema cuando todo es azul, lívido blanco sobre la mancha que acorrala al mundo.
 
A veces uso un gorrito y fumo en los momentos de soledad. Cuando estoy rodeado por las caras saco un celular y hago como si alguien importante estuviera por llamarme para decirme no lo hagas, para decirme quédate.
 
3
 
Ya cuando iba a despertar vino a mi mente ella. Ella llevaba el pelo corto, jamás existió un listón que apresara su cabello pajoso, que crece de un lado mientras se corta el otro. Pensé en ella como una gaviota montada en el astro más explosivo. Pensé en ella como una mujer de piernas y brazos de la misma proporción. La pensé como una caperucita contempóránea olvidando a la abuela para ir a visitar al lobo.
 
La pensé con sus lentes deslizándose hacia abajo sobre su nariz. Imaginé a sus lentes mirando hacia arriba, donde las dos pupilas prendían de los ojos que tiene. Pensé en dos puntos sobre una i, y entonces quise recobrar la certeza de mis males.
 
Después de los tercios desperté llegando a mi vida a propio pie. Y ahora vuelvo a oír el segundero que nadie más. Suena tic tac por cada muro y en la mesa, sobre el piso y en el aire va viajando aquello que no ves ni viste. Y entre las manos queda esa nada que acompaña mis tardes.
 
.Me ves.