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    Despierto mueren.

    Había diseñado para mí el perfecto espacio, confeccionó sin darse cuenta la importancia de una habitación iluminada por las mañanas, más por las tardes, pero casi todo el día. Puso bien la lámpara de talavera sobre la cómoda, adecuó el espacio de acuerdo a mi cuerpo, de vez en vez, a medida que el tiempo lastimaba mis rincones, solía sacar cajón por cajón hasta acomodar perfectamente todo. La mesita de noche con frecuencia se quedaba con los vasos de varias noches,  se llevaba todos de vuelta a la cocina. Mi baño, casi no tenía problemas, pero insitía en tirarme los más de cuatro cepillos dentales, que no eran de colección, sino de necesidad, de contemplación, un solo juego de dientes no necesita más que un cepillo. Llegaba a ordenar mis lentes, y mis carteras, doblaba una que otra prenda y la guardaba con maestría haciendo que se viera toda la ropa por colores casi, en orden. Incluso la cama del perro arregló, la ponía a los pies de la mía. Me tiró muchas cosas a la basura, cartitas viejas, pilas que no sabía si servían, echó al bote muestras de perfume, etiquetas de ropa, dulces viejos, piedras, frascos de perfume vacío. Pulcritud, sobervia limpieza. La cama era lo que mejor sabía hacer, quedaba perfectamente restirada, era como ser una carta delgada entrando a un sobre perfumado. Me daba casi miedo meterme y romper el impecable tendido. Dormíamos horas, siempre despertaba antes yo, cuando me asomaba seguía durmiendo, abría la cortina y nada hacía que despertara. La habitación continuaba perfectamente armoniosa, hasta que se iba, y así se daba inicio a la desequilibrada pereza, a los ceniceros llenos de muerte, a la cama sucia, a los recuerdos todos, a las plantas secas, a la comoda revuelta, a los cajones atiborrados, a una soledad criminal, de esas que van rascando delicadamente las ondas que son una sábana puesta al revés, un basurero lleno, y una pared limitadamente sola, papel higiénico con semen, y al final una cama destendida, sucia, después de la noche esa. La temperatura en ese cuarto, un teléfono burlón, inecesario que marca a los terrenos de la ausencia. Y miro la cama que sigue oliendo a usada, que como yo cae de tristeza.