| Abraham 的个人资料Responde al nombre de se...照片日志列表 | 帮助 |
areneroArenero. Se me ocurre tener arena, bajo las paredes de mi cuarto y llenar de granos el escondite entre mi uña, y mi carne. Quiero escribirte y volverte a borrar, la lengua grita la sílaba nula que dejaste alguna vez en el centro de tu almohada, preferías mi lado, el derecho. Mi cama, mi casa, mis ratos en los que me dibujo de papel
-vertical-
Suben ya tus ojos, un paraíso incierto del beso, mío en tu frente. Y preferías husmear en los cajones, el polvo de rastros dejados, te gustaba mi taza roja, de pronto siento tu huella de nuevo en mi arenero. entre uxmal y concepción beistegüi- ente Eugenia y Concepción Beistegüi
Extrañando, aquí Uxmal. Yo a él le digo Anti. Decidí llamarlo así desde los 15 años, creo. Lo hice porque me parecía un prefijo que lo describía perfecto, que venía mucho al caso, anti-pático, anti-social, anti-pláticas, anti-juegos, anti-divertido, anti-padre. Con el tiempo, le tomé cariño al nombre, y también al viejo. Hemos vivido juntos sin estarlo. Pero tengo bueno el recuerdo de cuando llegaba temprano a casa, con su portafolios café, y su pelo reventado por aros transparentes que le colocaba ese día de jueves, de trabajo, de lluvia, y de hijo. Pronto entendí que esa diferencia bendita me haría decirle hasta hace algún tiempo, en un poema, padre. Creo que temo comunicarme con él, y en ciertos casos la poesía, por su retórica, por su forma de sin explicaciones, de bien o mal sentir, me permite mejor dirigirme a él, sólo algunas veces, esta no. Pronto crecí. Hace un instante, como él dice cuando me contesta el teléfono –un instante, hijo. Crezco en rotaciones rotas por un mal trazo de compás, que nunca pudo enseñarme. Hablaba el mejor inglés, le admiraba los dibujos a lápices de los personajes de Disney, esculpía para mí los rasgos más precisos de la princesa Aura, supuso que me gustaba esa mujer, de rojos labios cual carmín, y cabello como el sol, o algo así contaba el narrador de La Bella Durmiente.
Me empecé a alejar de él, quizá por la negociación de aquella tarde en el supermercado. Me gustaban aquellos little poneys con ojos estrellados por el polvo más blanco, su pelo siempre era rizado, brillante. Yo lo metí al carrito, creo, y el intentó intercambiarlo por unos hot wheels. En fin, no me gusta hablar mucho de él, pero a veces viene al caso, viene al caso cuando no suena el grito del portón abriéndole paso a su camioneta, no suenan sus llaves, -Concepción Beistegüi- Tus mil llaves, campanadas del instante de la sincronía de tu silbido, padre. De tu silbido diciendo hola, de tu silbido que hacía llegar a los perros, a brincar sobre tus pantalones rectos. Te has ido, y ahora nos encontramos como dos amigos que están en diferentes partes, se ve que te gusta París, si quieres estás allá, y yo aquí, en mi cuarto. Pero no, estamos a una cuadra, y nos comunicamos por msn, cuando no te he bloqueado, cuando no he sido severo con mis comentarios, y tú dices extrañar mi risa, mis ocurrencias, mis saltos. Ya casi acabas lo del tec, me alegra. Ya podremos desayunar más seguido, en los lugares que a ti te gustan, viejo bendito por una luz sin crédito, anticlerical bilingüe, ejecutivo mano dura, la casa, tus pasos en los Nike que te gustaban. Tú te ibas a correr cuando yo llegaba de beber, o de perderme, o de quedarme a dormir en donde no lo hice. Los dos oíamos a Serrat, y de pronto pude hablar también de vivladi, y de lo que me gusta. Te gusta que lo haga, me pides mi opinión por el peje, y por Rascón Banda, y no te das cuenta como juega la gata en mi cuarto, cuantas cosas no se ha echado, pero la quiero. Ahora, me quiebro de sueño, de tes, y de tos. Y digo que en la calle hay un auto estacionado, y una lluvia, orquesta astillosa que cala el recuerdo de aquel que hoy vi tan padre, y no tan anti. Difamaconclusión.Difamaconclusión.
A dónde vuelan las palabras después de que las nombras. Me siento en este cuarto de colores, y creo tener olor a nuevo, no sé dónde se escondan todas las plumas que recogiste de la calle para mí. Ni tampoco he pensado en la primera nota que nos enviamos, estoy pensando en un nuevo método de restauración.
Voy a sacar mi cuerpo a dar un paseito en las mañanas, voy a tomar una siesta, aunque Anti diga que prefiero el inconciente que el plano de lo real. Voy a cepillar al gato cuantas veces pueda. Me acordaré de lavarme los dientes, porque a veces por las prisas se me olvida, pienso seguir escuchando música en la noche, y fumar un rato más. Quiero tapar lo que tiene mal olor, y también cambiar las paredes de la casa, tengo el propósito de no volver a matar planta alguna. Quiero sentarme a leer tres capítulos y no sentir culpa, ni siquiera porque voy entre las líneas con los pasos de un anciano, y la atención de un niño. Voy a morder manzanas sin terminarlas, dejaré siempre la mayor parte. Voy a tomar tanta agua como pueda, y a comer la menos grasa que me encuentre seduciéndome con la carita de una envoltura roja, forrando al chocolate almendrado. Quiero dejar de angustiarme por perder el boleto del estacionamiento tantas veces, y pensar que si bien, esto es nada más una prueba de la constante neurosis que me ataca, pero bueno, de intenciones se hacen muchas cosas, y yo con esto no quiero cotorrear. Quiero ignorar que mis discos están perdidos en cajas a las que no pertenecen. Quiero sentir que no me llevo los pies sucios a la cama, por haber sido descalzo todo el día. Iré al psicoanálisis porque me gusta, porque me hace sentir un sabio profeta que advierte de mí. Voy a imaginar que los cigarros no causan cáncer, y que los buenos nunca mueren. ¿Todavía queda duda? Creo que quiero sexo. organicos.Orgánico. Esta mañana he despertado como en los últimos días, cuando el sol está ya bien puesto en lo alto. Vivo en medio de una avenida por la que pasan muchos coches desde temprano. Son diez pisos los que levantan mi edificio, y lo mejor de todo es que a veces hay cosas anónimas extrañas. Entro a mi edificio y encuentro en el pasillo gente de diferentes edades, esperando el elevador que tarda, o estacionando sus carros, o peleando con el conserje Don Félix. Cuando recién llegamos a este tritón de concreto, yo pensé que nuestra vida estaba por cambiar, que habíamos llegado a un castillo mágico, y que dejar atrás la casa en la que teníamos plantas en el patio, y a Nino, el pastor alemán, eran cosas que se podían remplazar con un departamento como este. Lo mejor que tiene mi edificio es este cuarto, en el que despierto y duerno, y salgo a la escuela, a secundaria, a prepa, a Sogem. Lo mejor es cada pared que ha mutado, los pósters de perros, los amigos, los amoríos. Todo tiene un registro que me hace sentirme tan propenso a la desdicha de perder comodidad. Me asomo por la ventana y a veces veo los autos pasando junto a los camellones de Avenida Universidad, y pienso en este cuarto, en sus cajoncitos amontonados, que tanto tienen que guardar, mi cuarto y yo vamos a desaparecer de edificio, vamos a borrarnos de esta estructura, vamos a hacer que nos persigan los que nos extrañan como parte de la decoración. Vamos a vivir ahora en el árbol de la esquina, junto al teléfono público, sobre el pradito verde de orines, vamos a ser un cuarto y su dueño en un rincón de interés turístico, vamos a enseñarnos a la gente que pasa sin vernos. Vamos a comer manzanas y a olvidarnos de el bote al que debemos entrar, somos cáscara de recuerdo, cartas quemadas, duda, somos cuatro paredes de luz, somos un hombre besándonos, y una mujer dormida a mi lado. Somos la lección de Química que recibí por primera vez en ese laboratorio de secundaria, somos la diferencia de la sal y el azúcar, del algodón y el látex. Somos orgánicos. La Casa de EinarLa casita de Einar.
Mi amigo Einar vive en una casita que asoma por sus ventanas las teorías de una orquídea; navegan en el piso triste los paseos de dos gatos. Hace poco en la casita de la que hablo, escuché el maullido ingenuo de unos gatitos que pedían a mamá. Einar encontró a la Lushka en calles de enero, sin direcciones correctas, y con el corazón nublado, iba la estrellita gris -en cuatro patas, en bigotes y nariz rosa tras sus pasos, es que Einar seduce el piso, por su manera alegre y lenta de caminar, y a los gatos les gusta eso, y a mí también. Le llamó Lushka porque es un nombre raro, y Einar casi siempre se concentra en esa rareza bella, malvavisca poemas, y cubre de plantas su techo, ve la textura de una letra que se le borda a los ojos cuando se concentran en una pantalla, o en una hoja poética, o alguna hoja sabor novela, sí. Sus ojos, sus ojos son dos faros que seducen el lunar que le cuelga, sus ojos me miran y miraron, y esos ojos me atraparon porque siempre parecen llorar. Los ojos de Einar son piruetas de tiempo, son orugas exprimidas, siempre parecen derramarse, por el rojo, por la gota que no deja escapar. Cuando sus lágrimas salieron, sentí que mi mundo se duplicaba, yo estuve ahí, cuando él no supo más que hacer, yo tampoco supe, pero era diciembre, era frío, y era él, el señor Luna, y era mi abrazo o no decir nada. Desde ese día, al calor de ese abrazo, y al olor de sus lágrimas sobre su chaqueta de mezclilla, descubrí que había encontrado a alguien que no podía dejar llorar, entendí que sería siempre su cómplice, su guardador de secretos, su cajita de música, y él se dividiría en todas sus formas, en su plática y su severo tono de voz. Entendí que iríamos pellizcando el suelo, y caminando juntos.
Las primeras veces que le hablé, me disfracé de escritor, y puse mis manos bajo mi barbilla, -el señor Luna parecía tan profético que temía decir algo que reflejara mi niñez. Le dije de mis romances, me analizaba de manera puntillosa, parecía reir, porque sus labios nacieron de esa forma, intenté verme maduro, y me dibujé de rasgos sabios, dije alguna que otra frase pretenciosa, y percibí que a la quietud de su aliento le faltaban palabras. Asumí que hablarle de Bord era estúpido, pues algo ya me delataba. Y entonces finalizamos aquella plática con un beso, sin calificativos, pero de hermanos, me dijo que él creía que tenía un detector especial para conocer gente, me dijo que veía algo en mí, que pensaba que algo tendría que aportarle a mi infancia sin dientes de leche, a mi cara con indicios de vello, a mi soledad, a mí, niño de veinte años. Qué bien calculado lo tenía el señor Luna, pues me conoce bien, y es serio cuando me encierro en mis pastillas y mis vicios, y no dice hola ni adiós, cuando me escondo, cuando me voy. Y me habla para comentar del clima, de la música que no comprendo, y hablamos de los pasillos de la escuela, y hablamos de escribir, y de los gatos, y de ellas, y de ellos, y de los zapatos de ellos, y los vestidos de ellas, y hacer sándwiches de pepino, resultó un plan que nunca hicimos.
Mi edad se eleva o disminuye cuando lo veo, estar con él es sentirme nuevamente niño, nuevamente ingenuo, tonto. Pero después de hablarle o estar en su casita de mil mesas, y sus paredes con colores, y su fotos, y las orquídeas, y los libros, y la cocina con cortinillas de lluvia coloreada, y su amante, y él, también mi amigo, el de bata blanca y corbata, después de atestiguar eso, cómo no sentirme algo mayor.
Pero en el fashion week lo vi tan profesional, con sus jeans de moda, y su chamarra de caramelo, ahí iba él, con su boina o sin ella, pero era el escritor, y nos dieron pase al desfile, y pensaba que todos tendrían envidia porque era yo el que estaba ahí, con mi amigo el poeta que reporta de nubes en un día templado, que escribe para una revista, que escribe las líneas que en clases nos hacen llorar.
Me llamó esta tarde, en que se fue la luz, y el cielo temblaba, y gotas pudriendo mi espacio, era él. Pregunto si estaba enfermo, o si había llorado. Le dije que sí, que nos veríamos el martes para lo de la placa de Rendón, nos prometimos un café, en el que el tiempo se hará nicotina, y la araña regresará a su cueva; el tiempo se sorberá en café, en tazas, en pasteles de zanahoria o queso y zarzamora, y le diré que lo extrañaré, pero él dirá la misma estrofa que afirmó el día que me conoció. Mi amigo el Fer.Mi amgo el Fer es ese amigo que quisieran todos, o que probablemente todos tienen. Lo descubro a veces con la cara oculta tirándose alguna broma, o lo veo solo en su estudio diseñando las nubes sobre la arquitectura de sus trazos. Sí, mi amigo Fer es arquitecto, y desde que la arquitectura lo puso en los suelos de asfaltos nuevos, de cuadros británicos, de sus múltiples males, en esos en que mi amigo Fer se dibuja junto a la vida que siempre soñó. Por eso le he perdonado a la arquitectura tantas llamadas sin contestar, tantas noches sin la compañía del buen Ferchis. A veces lo veo como si fuera mayor, lo veo como un sabio que adivina mis caras, y conoce mis males. A mí me preocupan sus alergias y a él mis vicios. Diría que me conoce más que antes o después de conocerme, diría que a veces es rehilete de las olas crispadas, diría que hemos crecido juntos, y vivido juntos:; nunca compartimos grupo en alguno de los años de preparatroria. Qué digo del Ferchis y su viaje en Italia sobre cualquier mini, con la estatura a la misma altura de sus sueños, con el pelo en viento al sur. Mi amigo lo conocen todos, y lo han visto reír, pero mi amigo Ferchis llora rara vez, y esa vez cada vez se hace menos. Ya hoy es un hombre con la piel lisa, pero en el corazón le culegan diez arrugas. Ha enfirado el soplo de su credo. y de pronto está aquí a mi lado, acompañandome en esta noche de humo verde, de pizza, de películas planeadas que nunca se vieron, Fer duerne y yo me siento a escribir, y lo hago sobre él, porque el mejor amigo, a veces tiene una mala racha por el pelo de mi gata, y las plumas de mi edredón. Sólo digo que no me gusta que Fer tenga alergias. RotacionesHoy reciste tan difícil decirle no a una pastilla, a un sueño prometido por el doctor Urioste con su chaleco de lana y los ojos dentro de aquellos girses lentes de botón. Hoy parece que la nuca pronto caerá de sed, y mi cabeza saldrá rodando hasta entrar en una canasta. Después de una noche así, sabía lo que vendría, después del ruido, de verlos a todos en lo que quizá pueda ser la última vez, y se rasga un poco más la alfombra de mi mente, y entonces me sentí con miedo. Sabía que gozar era una amenaza de un viernes simple, tan parecido al de hoy. Tan conveniente o desventurado, tan cansado; después de dejar Rayuela en la mesa, o dejar la mesa sobre el libro, -no sé qué pasaría primero- Comencé a soñar, con el sueño recurrente de un amor en más potencia y color de toda rosa que entre en un abrazo, soñé el adiós a color, soñé la pastilla que me hace ser quedo, que me hace ser un quejido enjaulado por mis labios. Soñé que me moría, y desperté con ganas de hacerlo aunque eso me costara abrir los ojos, ponerme a escribir, y responder las llamadas perdidas de mi celular mudo. Me esperan ya, me ven salir con el perfume de ayer y la ropa nueva que parece más nueva porque va en mi cuerpo, que también es nuevo, y a pesar de los años, y a pesar de los pesares, nuevo soy, aunque después de la noche, venga un día sin cabezas en almohadas, ni sueños traidores, aunque después de eso quiera vivir para morirme, el juego de seducir a las horas siempre me sabe rico. Fuera del trazo.Me he calcado de diferentes maneras,
voy formando trazos cócavos de una lágrima indispuesta,
me pregunto qué ha sido de mis años, de mis tardes gris, huele a lluvia, a asfalto húmedo, y a café humeante. Ese libro de versos hoy es un manual de adiestramiento para mí, para mi lengua que enmudece otras lenguas, otras formas de nombrarte.
Me gusta confundir la realidad con espejismos de porqués, me gusta amar la perfección de una cama tenidida, y un espacio en blanco, en el renglón de mi libreta de apuntes, y un espacio hueco en mi bañera, y una mano que remplaza la estadía de tu cuerpo junto al mío.
Vivo enamorado de las horas que vivimos, las reproduzco como mi amigo Fer a Chiopan en cada nota, como cualquier poeta repitiendo para sí mismo los versos y angulas creadas en una noche de soberbia quietud, como Anaïs a la danza, y mi madre a las ollas de barro, y mi gata clava las uñas sobre mi silla, y yo sigo cantando una copla que pertenece a otra boca, a una voz más entonada, a un cantar ajeno de poesía. Me siento a sentirme, a recordarte, a fumarte en cada inhalación, a bordarte en mi sábana fría, a entregarme en tinta y en intentos literarios.
Me hizo terco la espera, la de ambos, la de mi dueño severo, la de mi amor. Mis amores se dividen en hombre y en mujer, en mi miembro para él, mi corazón para ella, y esta voz que tiembla para ambos, me entrego a ustedes que me han querido tan bien y tan mal, que me han guardado en cajones, en cartitas dobladas, y canciones que canté, me tienen en cada minino blanco que ronrronee, y en una copa de ron, me tienen en los cigarrillos light's, y en los libros de Salvador Novo, me tienen en las plantas verdes de mi patio inventado, y en las rosas y alcatraces, y sillas viejas, me tienen en la escuela siendo un niño en pantalones cortos, y en Morelia, y en mi tierra, y en la estación del metro Eugenia, y en París, y en par. Me tienen en el pincel de Tamayo, y en una orquesta reproduciendo a Tchaikovsky, me tienen en los ojos de mamá, y en el sepulcro de mi abuela fría. Me tienen en mi colcha y mis recortes, en mis canarios y mis perros, en la taza de café de hoy, de mañana, en el molino, me tienen. Me tienen amores enamorado de algo que es una lista de advertencias, me tienen en un celofán de regalo, con moño, me tienen en un manual de advertencia que dice no tocar, me tienen todo entregado a ustedes, a ti, mi él, a ti mi ella. |
|
|