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Entre líneas...Abre paso a un amor libre. Se pone en pie y sin ver lo que lleva puesto se echa el perfume, de una sola y ligera fuerza se derrama en su cuello el olor dulce, de cítricos. Sale, va buscando la aventura, y camina unas calles sobre las mismas calles de siempre, pasa por los camellones de palmeras alineadas simétricamente, todo el recorrido es el mismo, y aquí el olor del perfume se hace más denso, más fuerte por donde pasa, junto a quienes huelen la mezcla del sudor de su cara con el perfume. Miran su ropa sobre un cuerpo joven de libres direcciones y sentidos. Se diría que trae una cara de luz ámbar intermitente, saltando sobre sus pómulos. Así es él, vagando en vagones. Ha llegado, compra un billete del metro que inserta por el torniquete y pasa libre, las escaleras en bajada y los vapores del tren naranja le alcanzan a rasgar un poco el peinado, le hacen rascarse la nariz, lo tiene en frente, camina a la parte trasera y sube, entra en espera de ser mirado. Ahora se queda parado frente a los asientos libres, esperando claro que sean ocupados por otros viajantes de vagones bajo la tierra de la ciudad. Abajo también hay ruido, también se escupe la música, y uno también se guarda la billetera entre las carnes. Abajo también corre la ley del policía, y la violencia sabe mejor bajo la tierra, todo, todo mejor y mecánico: un niño perdido, una anciana orinando en la orilla, un campesino, un guitarrista ligero y un vendedor. Todo es mejor bajo la tierra que es más caliente que afuera, que es más vaporosa porque está más en contacto con el infierno o con él, quien va recién perfumado mirando a los otros que corren a sentarse a los asientos. Ahí va llegando ese hombre de cuarenta años que lleva portafolio negro y barba crecida pero afeitada, con distinción, ahí está: se acomoda y se sienta mirando siempre al frente del camino, vías y oscuridad. Ahora esta forma de pararse le da al perfumado una nueva dignidad. Un nuevo elogio para quien voltee y lo mire ya sin ese abrigo de otra época. roto, descansa en la escuadra de su antebrazo y codo. Ahora lo contemplan con un culo recargado en las puertas del metro. Esa pose de galán la ha visto antes, no hay duda de la costura que llevan los pantalones por sus muslos, pero el hombre interesante no mira. Otros miran, le vuelven la vista, lo conservan un segundo con esa imagen dentro de los ojos, y cuando los vuelven a abrir, el muchacho del perfume ya cruzó la pierna, ya bajó la cara pero sigue mirando hacia ese lado. No importa que aquí lo tengan con la ligera superficie de su vientre plano, ese abdomen moreno y duro atrapado por una camiseta de algodón blanca. No hay más atención que la que hay puesta en el hombre de portafolio, y ya viéndole el portafolio aparecen unos zapatos no tan bien lustrados, y una sonrisa que no sonríe, pero que son sus labios formados a esa manera de tener una alegría entre cada labio, pero los ojos van ahogados por todo aquel trayecto en esa línea verde del metro, que cruza de punta a punta la ciudad, la ciudad de abajo, la colectiva, la del monstruo veloz, naranja.
El hombre sabe que ante sí tiene a ese ser nuevo, reafirmándose en sí, buscando su reflejo en los anteojos de pasta café que lleva puesto, te seducen y tú seduces sin mirar. El viaje termina en la estación universidad, y ninguno de los dos se mueve, todos bajan y la puerta abierta. Se sube la mujer de uniforme azul, tan azul como los azules de intendencia, con escoba y guantes, y limpia. Los dos personajes son una ventanilla, un asiento, un tuvo más. Me llamo Esteban, dice el grande, el de portafolio, y sale, adiós.
De paz. Noche.De Paz. Noche.
De pronto termina tu estadía por Veracruz y esa palabra con la v y la cruz forman a tus labios de ese sonido. En función de tu voz: Veracruz. De pronto vuelves del puerto. Y cuando dices Veracruz, o sigo acá en Veracruz oigo también lo que ves, las olas, tu cuarto de hotel, el lugar en que comes, la arena, la playa. A ti, oigo a tus pasos.
Tu llegada me perturba. Digámoslo así: sale a colación en las partidas del tarot, tu carta; pregunto por ti, por si vienes. Me angustia pensar que llegas hoy. A veces se sabe cuando la luna está llena por la luz que recorre las telas, las plantas, las sillas. En la mañana arranqué la hoja del calendario y una ilustración anunció la luna llena en el número 21 de diciembre. El cielo no lo vi con su luna, sólo en papel. El gato mira por mí. La otra noche hablaban de las cara de la luna y no entendí. Me callé. Porque no la he visto nunca, a mí me asusta verla.
Pensar que llegues es una historia de amor terrible. Por ti, por la luna llena, y la arena que aun traes, en los zapatos, en la ropa, el cuerpo. No sé, déjame seguirte pensando batido en arena.
Como escritor aficionado nada más, uno puede darse el gusto de caer en cualquier tipo de lugares: comunes y corrientes, nombres de restaurantes, de calles, de casas que ya han demolido, podemos decir el nombre del vips que ya tiraron. Podemos decir Sanborns como podemos escribir Guadalupe. Podemos recordar esas calles y decir sus nombres, podemos decir de lugares y de cualquier cosa, cualquier marca de perfume, cualquier marca de auto, cualquier camisa de hombre, cualquier talla de pantalón, cualquier hombre orinando la esquina, podemos jodemos, acordarnos de ti. Podemos ponernos como queramos y hacer historias de personas que regresan de viajes gastronómicos por Veracruz, por quince días o más. Por la afición nada más.
La otra tarde me senté aquí a hablar del golpe que implicaba nacer en diciembre, le escribí al Gladis que me parecía ñoño y burdo nacer en diciembre, por tener que festejar junto al árbol: siempre lo mismo, le dije, todos mis cumpleaños rodeado de esferas y listones, de decoraciones exageradas, como yo y mis deseos. Como yo en la cama. Como diciembre, navidad. Las mañanitas, la luna ya se metió. No, todavía no, sigue fuera y tú no llamas. Tampoco llamaste el día de mi cumpleaños y me dijo Yomi: segurito al menos te pensó, todo el día te pensó. Le hubiera sido más fácil llamarte y deshacerse del recuerdo de tu día, de ti.
Ayer antes de dormir pensé que volvías, soñé lo mismo. La gente empieza a irse en diciembre. La ciudad se va a dormir muda. Este año, allá han puesto una pista grande. De hielo y no sé si es cuadrada o rectangular y el Gladis todavía me pregunta que si en México hacía mucho frío o qué, porque allá en Italia el frío muy fuerte, muy blanco.
Hoy regresas. Tengo muchos cajones sucios, que sacar y acomodar. Regué las plantas, y jugué con el gato. Salí a comer en la avenida de enfrente, la del camellón y palmeras, a la calle. Volví a tomar café y a intentar leerlo. Peleé en el teléfono un rato, el horóscopo y mi cama. Y a dormir.
Callear callando chico.Mis lentes están listos. Me han llamado desde muy temprano para decir que podía pasar por ellos. La óptica, siempre atenta.
Ya me iba por ellos. Porque esta noche tengo un baile. Una fiesta en el departamento que está a unas cuadras, y porqué no llegar con zapatito de cristal, o lentes nuevos. Ya me iba.
Pero se me pasó la tarde recorriendo la colonia, se me pasó en caminar por las calles de siempre. Me metí por Pestalozzi. Y seguí por Concepción Beistegui. Entonces llegue a casa.
En la mañana escuché en el noticiero los pronósticos del día. Como todos los días de invierno, éste iba a ser un día de corta duración. De mucho ruido y pocas nueces, de prender la luz antes, de diciembre.
Cuando pasaba por las calles que mencioné, reparé en sus construcciones, en sus edificios y zaguanes. Una noche conocí a un artista, un intelectual de ojos y cabellos parecidos: claros. Su apellido es Frank. Vive por aquí, y entre otras, aquella noche dijo que la gente de esta colonia apestaba, por panista y por mocha, por snob y wannabe.
Entonces pensé que era tráfico de viernes. Por qué se debe considerar eso para tomar una decisión madura, que puede cambiar el destino en la noche del baile. Puedo llegar estrenando, o: como siempre. Pero es tráfico de viernes, me senté por aquí y decidí hacer algunas cosas.
La gente bien de por aquí, ya no vive aquí. Se fue a mejores casas, vendieron sus casonas y se cambiaron, entonces en lugar de esas casas se pusieron a hacer edificios nuevos, de colores que sobresaltan a los camellones y palmeras que dividen la circulación de esta colonia de la que les hablo. Que es muy surrealista.
Hay gente muy bien, porque sí, aquí votaron por el PAN, y tenemos al PAN. Frank habló de las señoras, de los estudiantes del CUM y de las taquerías. Yo de los mercados sobre ruedas, las panaderías, las lavanderías, las farmacias, las tiendas, neverías, sastrerías, peluquerías y las jacarandas moradas en primavera.
Sin embargo la cercanía con tres estaciones del metro en una misma colonia, y la ubicación tan por el centro, tan para el sur, tan para tlalpan, debían ser factores indiscutibles por las que mucha gente continúa viviendo por acá. Al eje 5 sur, por Xola, Avenida Universidad, Cuahutemoc, todo eso que lleva a todas partes.
La fiesta es en un edificio que está en Romero de Terreros con Enrique Rébsamen, qué nombres tienen, qué buenos son.
Ab.neciaPensaba escribir sobre el ser adulto. O sobre el cómo juego a serlo yo. A diferencia de muchos otros de mi edad, más alta de 21, yo me siento igual que cuando era un niño jugando al grande, por ejemplo cuando voy a una tienda departamental.
De pequeño jugaba con mi prima a la tienda. En la sala colocábamos en diferentes puntos algunos de nuestros tesoros. Los juguetes tienen esa capacidad que ningún otro objeto: son mutables, a veces sirven de hijos, otras de guerrero, de adorno, de héroe, otras de nada. Otras, como las tardes del juego a la tienda departamental, servían de elementos a vender. Alguno jugaba a ser el cliente y el otro vendedor, claro.
Ahora que voy a la perfumería a surtirme de olores, me siento como en aquellos años.
-¿En qué puedo servirle? Caballero.
-Este qué cuesta, para qué es.
- tarjeta o efectivo.
De niño no entendía el mecanismo de las tarjetas de crédito, no sé qué respondía entonces, ahora sólo contesto con tarjeta, por favor. La vendedora me recuerda tanto a mi prima, y yo curiosamente me recuerdo a mí. Hay cosas que sólo eistes o se inventan para repetirse.
Pero cuando pensaba escribir sobre esto del juego de mi prima y yo, del ser adulto, y pensar en las compras, y darle más vueltas al asunto, abrí la lap top y me quebré al encontrar en la pantalla un dibujo. Explico: yo no sé usar mucho la computadora, sólo lo básico, de hecho me es molesto hablar en términos computacionales, y escribirlos más. Pero encontré una imagen que me recordó mucho a mí. Nunca la había visto, ni siquiera sé cómo vino, pero al abrirla y hacerla grande vi ese dibujo del que hablo, que se parece, que se aparece. Por que te encontré
Leí algo que escribiste y no me parece nada bueno. Me parece sincero, te faltan puntos y acentos en diferentes lugares. A mí, según me han dicho los que sí son críticos literarios me sobran comas, tengo mala sintaxis y cosas parecidas.
Los puntos y las comas sobre lo blanco es ir adornando de lunares y verrugas, -por muy fea que suene la palabra al texto. Después de leer lo que escribiste me dieron ganas de hacerlo a mí también, me sentí con el derecho de hacer un escrito con exceso de comas para ti, aunque no lo sepas.
Ayer veía en un programa de la televisión española la importancia real de los blogs, las opiniones se dividían, unos opinaban que pueden llegar a convertirse en un buen referente para los que navegan, o se hunden en esto de Internet; otros opinan que no se llega a ningún lado con ellos.
Yo leí lo tuyo en un blog, al igual que yo no tienes ningún comentario. En realidad este es mi comentario, pero lo pegaré aquí a ver si caes por accidente o por destino y se te antoja echarle un ojo a mis palabrejas.
Ayer, en la madrugada le envié una foto a uno de esos tipos. A uno de esos tipos cuyo nombre sigue con aguja e hilo puesto para la aventura de lo osado, y lo sado. Le mandé una foto donde aparezco desnudo, donde aparezco sin nada, con la gata cerca. Entonces, él contestó: ¿quieres que te dé mi opinión? Le dije que no, que sólo se la mandaba para compartirla y nada más.
Después pensé que un extraño, que un más reciente como tú, por algo por alguna razón hubiera dicho algo mejor, hubiera mentido, hubiera dicho te me antojas y te como, y te muerdo las nalgas y me pierdo en ti. Tú eres nuevo, ajeno y hoy te leí en un blog. Me gustas, te dejo la foto
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